El 28 de junio de 2010, pasará a la historia por ser el día en el que España, el Estado-nación más antiguo de Europa con más de cinco siglos, dejó de existir jurídicamente como tal, al haber fallado el Tribunal Constitucional que el “Estatuto-Constitución” de Cataluña no era, “prácticamente”, anticonstitucional.
Los Tribunales constitucionales, independientes del poder político, son imprescindibles en los estados democráticos puesto que de ellos depende, en última instancia, que el Derecho prime sobre la Ley, pues ésta la aprueban los políticos en el Parlamento y por todos es conocido que la Ley no siempre es justa. En España, lamentablemente, dicho Tribunal no sólo no es independiente, sino que es un órgano totalmente político, hecho a imagen y semejanza de los partidos políticos y en el que siempre existe, además, un Don Opas (Obispo sevillano que intentó convencer a Don Pelayo, a instancias de los árabes para que se rindiese).
El fallo del Tribunal Constitucional significa que sin reformar la Constitución de 1978 (Hitler tampoco modificó la de Weimar) los españoles ya no somos todos iguales ante la ley, no existe seguridad jurídica, se han abierto las puertas a un estado confederal y al “yo más” del resto de las “taifas autonómicas”, todo ello con consecuencias futuras nada halagüeñas para el conjunto de los españoles.
Al escuchar al Sr. Montilla, Presidente de la Generalidad de Cataluña, el mismo día en que el Tribunal Constitucional falló favorablemente más del 95% de los artículos de su “Estatuto-Constitución”, arengando a los catalanes a manifestarse en contra de dicho fallo porque son una “nación”, que él estaría al frente de la misma con la bandera y unido con todo “el pueblo”, no pude por menos que retroceder unos 80 años atrás y recordar que el nacionalsocialismo alemán tuvo como lema, “Ein Reich, ein Volk, ein Führer”, que trasladado al caso catalán sería: un imperio, los países catalanes formados, de acuerdo con sus reivindicaciones, por las Comunidades de Valencia y Baleares y la franja aragonesa; un pueblo, la doble acepción de Volk en el sentido radical/democrático y en el sentido racial se la pueden explicar al Sr. Montilla sus hijos pues estudian en el elitista Instituto Alemán de Barcelona; un caudillo, ya aparecerá otro Puyol más pronto que tarde.
Seguramente a algún lector le producirá hilaridad esta comparación, pero me gustaría señalar que la ideología nacionalsocialista se basa, entre otras cosas, en el mito y éste es pensamiento y acción, es creador de leyendas, permite al individuo vivir esta leyenda en lugar de vivir la historia, permite ir más allá de un presente detestable, armado de una fe que nada puede destruir. Y es en el campo donde el pueblo catalán (al igual que el alemán en los años 30 o también podríamos citar a los vascos, gallegos, etc.) conserva sus esencias invioladas porque están basadas en la sangre y en la tierra. Por ello, mito y racionalidad se oponen. Lamentablemente, la Iglesia Católica nacionalista siempre tiene un papel muy importante en estos movimientos. (Este Estatuto-Constitución tiene una serie de artículos que son antagónicos -aborto, eutanasia, etc.- con la doctrina de la Iglesia y aún no se oyó ni una sola crítica por parte de la misma o de algún sacerdote rural).
Ahora bien, lo que aún no aprendió la Iglesia nacionalista es que lo único que históricamente le ha importado al nacionalismo del catolicismo no es la fe, sino las virtudes sociales –la disciplina, la castidad, etc.-. Es decir al nacionalismo no le interesa el “más allá” del cristianismo, sino el cristianismo como germen de un orden capaz de garantizar el futuro de “su civilización”.
Se debe tener en cuenta, siguiendo a Sternhell, que históricamente el nacionalismo “niega la evidencia de cualquier norma moral universal y absoluta: la verdad, la justicia, el derecho, sólo existen para servir a las necesidades de su colectividad. Es decir una visión de la sociedad concebida como algo cerrado y compartimentado, un antirracionalismo virulento, así como la primacía del inconsciente sobre la razón, tejen una auténtica visión tribal de la nación y éste es uno de los elementos esenciales constitutivos del fascismo, el nacionalismo tribal de la nación”. Para decirlo en menos palabras: la horda, la vuelta al primitivismo de la tribu en la que el brujo es ahora el caudillo carismático, utópico, e iluminado de turno, que en vez de hacer pociones mágicas posee el control, de diversas formas, de los medios de comunicación, en especial la televisión, para “espolvorear” su propaganda y, de este modo, adoctrinar a “su pueblo”.
Sloterdijk señaló, que “el hombre no puede entrar en su horda como quien entra en un simpático club. La horda es más bien un club totalitario que genera sus propios miembros para socializarlos según las reglas del club, las cuales dan significado al mundo”. La ley de la horda es la reposición de la horda en su propio linaje (la sangre).
Las crisis institucionales son sensiblemente peores que las económicas puesto que para que exista el libre mercado, la inversión, la competencia y la creación de puestos de trabajo ha de existir un marco jurídico estable, con normas claras y de igual aplicación para todos y esto en España ya no existe, por lo que nuestra depresión económica, desgraciadamente, irá para largo por mucha propaganda con la que nos bombardeen.
P.S.- Este artículo fue remitido, en su día, a varios periódicos y no fue publicado, supongo que por autocensura.