DEL ESPÍRITU DE LAS LEYES Y LA LIBERTAD
Hay un principio jurídico básico que dice que todas las Leyes han de ajustarse a Derecho, porque éste está por encima de las leyes que pueda aprobar cualquier Parlamento o Gobierno, sí, que no cunda el pánico. O ¿es que las Leyes que se aprobaron en la Alemania nacionalsocialista, en la URSS o la Constitución de Corea del Norte, por poner algunos ejemplos, se ajustan a los más mínimos principios de los derechos humanos, de la libertad o de las libertades individuales?
Hay otro axioma básico que establece, que el Gobierno y las personas han de estar sometidos a Derecho (Goverment under Law and people under Law). En España se traduce Law por Ley, pero es más correcta la acepción de Derecho. Aceptados estos principios básicos, pasemos a lo que deseo comentar.
En España, se escucha a determinados politicos decir, demagogicamente, que las leyes que se aprueban en el Parlamento son legales y se les llena la boca hablando de la soberanía popular y del imperio de la Ley, cuando se critican por anticonstitucionales y no atenerse a Derecho, la Ley de memoria histórica, la de violencia de genero, la Ley de la ocupación de viviendas, la próxima Ley transgénero y no digamos las múltiples normas y leyes tributarias.
¿Deben los ciudadanos acatar las Leyes que no se ajustan a Derecho y además, no existe seguridad jurídica por no haber separación de poderes ni igualdad de todos los ciudadanos ante la.Ley? ¿Deben los ciudadanos obedecer, resignarse o mirar para otro lado porque a no les afecta?
El siglo XX, con sus dos guerras mundiales y las dictaduras comunistas, nacionalsocialistas y fascistas, acabó con la inocencia del ser humano, con la filosofia Rousseauniana de que el hombre es bueno por naturaleza y con un principio fundamental: NO EXISTE LA OBEDIENCIA DEBIDA. (K. Jaspers lo dejó muy claro en "El problema de la culpa") y "Ningún político, ningún militar y ningún funcionario puede en el futuro invocar la razón de Estado o las órdenes". La responsabilidad por los desastres políticos-morales, no pueden ser imputados tan sólo a las decisiones adoptadas por los gobernantes de turno, puesto que las dictaduras de todo signo necesitan , también, de la complicidad activa o pasiva de buena parte de los ciudadanos de todo tipo.
Cuando el ciudadano renuncia al ejercicio de su razón se cae en el tutelaje autoimpuesto. Y, como señaló Jaspers: "...Uno arroja la libertad en la embriaguez de la obediencia(...) Se produce luego la terrible desilusión, todo es mucho peor que antes, pero ya es demasiado tarde. Las puertas de la prisión se han cerrado".
Amigos, ciudadanos, en España aún estamos a tiempo.
Gracias por la paciencia.