Érase una vez un viejo país llamado “X” que dirigía un cerdito llamado Napoleón y cuya secta había ido llenando a lo largo de los años de analfabetos secundarios, gracias a un sistema educativo que cumplió, pese a lo que muchos piensan, muy eficazmente sus objetivos al formar masas acríticas e ignorantes, pero haciéndoles creer que no lo son.
Y así pasaban los días en esta arcadia de utopía, paz, felicidad, dicha sin límites, apaciguamiento a raudales, pero por encima de todo de sonrisa permanente y buen rollito.
Un buen día se produjo una gran masacre en “X” y Napoleón no consideró necesario que se supiera la verdad, quizás porque él ya la conocía, y no pasó nada. Para evitarlo comenzó a amenazar la libertad de expresión y tampoco pasó nada. Otro día enterró, definitivamente, a Montesquieu y hubo jueces y fiscales que comenzaron a prevaricar y a retorcer la ley, y continuó sin pasar nada. En un momento dado, Napoleón comenzó a rendirse, por etapas, ante los malos e increíblemente no sólo siguió sin pasar nada, sino que los analfabetos secundarios se le adherían inquebran- tablemente (como dijo Kant, el hombre obedecerá a toda serie de amos si es esclavo, pero si es libre obedecerá a la razón). Pero llegó un día en el que la prosperidad de la arcadia comenzó a declinar y entonces los risueños y felices analfabetos secundarios fueron conscientes de que no existía, ni libertad, ni justicia, ni solidaridad, ni paz y acudieron en manada a protestar ante Napoleón y éste les respondió, eso sí, con la mejor de sus ensayadas sonrisas: CIUDADANOS, TODOS SOMOS IGUALES, PERO ALGUNOS MAS QUE OTROS. Y entonces se dieron cuenta algunos, no todos, de que la arcadia era una vulgar dictadura.
Y colorín colorado este cuento no sólo no se ha acabado, sino que, lamentablemente, acaba de iniciarse. Como señaló Orwell, “cuando los liberales comienzan a tener miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia” a los todavía ciudadanos de “X” que quieran ser dignos de tal nombre, sólo les quedan dos opciones, tomar partido hasta mancharse o, simplemente, marcharse de “X”.
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